Al alba

Aunque sabía que aquel placer era pecado, volvía a caer una y otra vez. Thomas era consciente de que no podía confesarle al reverendo lo que estaba haciendo porque era imperdonable a ojos de Dios; por eso había decidido ir al infierno si a cambio podía perderse entre los brazos de Simón. Su piel oscura, brillante como el ébano, y cálida como el chocolate tenía más valor que el Cielo al que iban los blancos y que ya nunca pisaría.

—¿En qué piensas? —le preguntó Simón acariciando su pecho desnudo.

—En que necesito que nos veamos más. Y en que nunca tengo suficiente de ti.

Simón le sonrió como respuesta y Thomas no pudo resistir las ganas de besarlo. Empezó muy suave, solo rozando sus labios, sintiendo la calidez de su aliento. Simón sabía a menta y a los campos de hierba santa que segaba. Pero en unos segundos el beso se volvió demandante y desesperado. Eran muy pocos los momentos en los que podían verse así, dejándose llevar por la pasión y el amor que se profesaban; sintiendo el toque de sus dedos, ásperos por el trabajo en el campo, hasta que el placer era tan inmenso que se les derramaba por la piel. Para el mundo Thomas era el futuro dueño de las plantaciones de tabaco de la Casa Sullivan y de todos los seres que la habitaban. Para ese mismo mundo, Simón no era una persona, era un negro que debía servir a sus amos hasta que la muerte se lo llevara allí donde se llevase a los animales. Simón detuvo el beso antes de que la pasión volviera a cegarlos.

—Tenemos que vestirnos, Tom. Llevamos mucho tiempo en las cuadras y podrían descubrirnos.

—Mi padre cree que estoy haciendo inventario y tu capataz se fue al pueblo a beber nada más oscureció —dijo Thomas acariciando una de las cicatrices que cruzaban la espalda de Simón —¿Y si nos vamos de aquí?

Simón le sonrió con los ojos cargados de pesar.

—¿Y dónde iríamos? No hay ningún lugar en el que esto esté bien.

—Dicen que hay países de Europa en los que podríamos vivir como amigos. Tu serías una persona, como yo, como todos.

—Anda, vístete. Tengo que volver al barracón. Aunque el capataz no esté, cualquiera podría contarle sobre mis ausencias a cambio de un poco de wiski —dijo Simón antes de ponerse sus ropas raídas.

Como siempre hacían, Thomas aguardó un tiempo prudencial para salir de las cuadras después de que Simón lo hiciera. Pero aquella noche al coger el camino que lo llevaba a la Casa Sullivan su padre lo interceptó junto al enorme magnolio, símbolo de su familia.

—¿Qué hacías ahí? ¿No estabas con el inventario?

—Sí, pero quería ver cómo estaba la nueva yegua —contestó Thomas sintiendo un sudor frío bajarle por la espalda.

El padre se quedó callado, escudriñándolo. Había visto salir de la cuadra a uno de los negros. Lo vio detenerse en el portón y despedirse con una sonrisa de alguien que estaba dentro. El gesto le había parecido tan íntimo que imaginó que habría estado retozando con alguna de las criadas de la casa. Si no fuera porque eran negras, él también se habría metido entre las piernas de alguna de ellas.

—¿Y estabas solo?

—Sí, no queda nadie trabajando a estas horas, padre —contestó Thomas rodeando el enorme árbol camino a casa.

La ira atravesó al señor Sullivan. Estaba seguro de que había visto a ese negro salir de allí unos minutos antes. Thomas tenía que haberlo visto. ¿Por qué le mentía? La epifanía fue tan clara como dolorosa. Sintió tanto asco al imaginar lo que había hecho su hijo con aquel animal que estuvo a punto de vomitar. En lo primero que pensó fue en moler a palos al desgraciado de su hijo. Pero no podía quedarse sin heredero y tampoco le pareció suficiente castigo. Intentó serenarse lo suficiente para montar su caballo e ir al pueblo.

Las primeras luces del alba hacían brillar el rocío sobre las hojas de tabaco. Thomas estaba terminando el café cuando escuchó que lo llamaban. En el porche cinco hombres vestidos con túnicas blancas y capuchas acabadas en punta lo estaban esperando. Uno de ellos llevaba una cruz de madera impregnada en gasolina. Otro se adelantó para ofrecerle una túnica. Reconoció de inmediato las manos de su padre.

—Ponte esto, hijo. Venimos con una misión de Dios.  

Thomas negó levemente con la cabeza pero su padre se acercó y le dijo entre dientes que si no los acompañaba iban a matar a cada negro de la plantación, hombre, mujer o niño.

Thomas apenas podía tragar saliva. Cogió las ropas y se vistió con manos temblorosas. Su padre le dio un encendedor para que prendiera fuego a la cruz. Al llegar al barracón de los hombres uno de los encapuchados entró y los azuzó para que salieran como si fueran ratas en un granero, mientras que otro los iba colocando en fila frente a la pared. El señor Sullivan tomó la palabra.

—Entre vosotros hay un depravado. Que dé un paso al frente —todos permanecieron con la cabeza agachada.

—¡Señala al depravado! —le ordenó a Thomas. Este buscó a Simón entre la fila de hombres a medio vestir. Cuando sus ojos se encontraron Simón lo reconoció al instante. Thomas pudo sentir el dolor que atravesó el corazón de su compañero. Ante el silencio de su hijo, Sullivan encañonó a unos de los niños.

—¡Señala al depravado o empiezo a matar ratas!

Simón dio un paso al frente. Los hombres lloraban en silencio y las mujeres se lamentaban desde su barracón, pidiendo al Dios de los negros que lo salvara. Aún así, Sullivan volvió a exigir a su hijo que señalara al depravado. Quería castigarlo con el remordimiento eterno por haberlo culpado. Simón lo miró y cerró los ojos en señal de rendición. Thomas levantó despacio el brazo hasta que apuntó al hombre que amaba. Se dio la vuelta y corrió hacia la casa. No podía llorar allí.

Antes de alcanzar la casa un disparo retumbó en toda la plantación ahuyentando a los pájaros que aún dormían sobre las ramas del viejo magnolio.

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