El laberinto

Tomás soñaba con tener una tienda de pasteles de piñones desde que era pequeño. No quería hacer otra cosa, a pesar de que en su casa le insistían sobre la insignificancia de su sueño. «¿No sería mejor abrir una enorme pastelería que ofertara todos los dulces? Así tendrías muchos clientes y en poco tiempo nadarías en la abundancia», le decían. A lo que Tomás replicaba «sé hacer unos pasteles de piñones exquisitos. Prefiero ser feliz con mi pequeña tienda y hacer feliz a los que los prueben».

Entonces su familia le recordaba que, en aquel pueblo, el Gobernador exigía el paso de una prueba a todo aquel que, exuberante de valentía, quisiera emprender el camino para conseguir un sueño. Daba igual el tamaño del sueño, todos tenían que adentrarse en el Laberinto de los Sellos y lograr salir de él para poder alcanzarlo. Tomás no podía evitar la sensación de vértigo cuando pasaba delante de la entrada principal de aquel enorme laberinto de piedra gris, pero se decía que, si lo había alcanzado el dueño de la enorme fábrica de sombreros, a pesar de no tener dos dedos de frente ¿por qué no iba a lograrlo él?

Después de pasar mucho tiempo recolectando piñones, los mejores del bosque que rodeaba al pueblo, decidió que era el momento de montar su tienda. Cruzó la puerta del enorme laberinto y comenzó a caminar rápido, casi corriendo, cargado de ilusión. Giraba aquí y allá, andaba y desandaba pasillos, hasta que un día se encontró con un callejón en el que se había una puerta metálica ¿sería el final? Esperaba que sí, porque por el camino ya había perdido algunos piñones y el desánimo lo había tentado a abandonar alguna que otra vez. Llamó y le abrió un señor trajeado, con un sello entintado en la mano.

—¿He llegado al final? —preguntó Tomás esperanzado. El hombre negó con la cabeza.

—Esta es la primera puerta. Le pondré el sello si me dice cuántos piñones lleva en el saco.

—Cinco kilos.

—No, señor. Necesito saber el número.

Tomás se sentó junto a la puerta, molesto por la absurdez de la exigencia, pero negándose a abandonar ante aquella dificultad, contó los piñones.

—Treinta y cinco millones, cuatrocientos veinte mil, ciento seis —dijo Tomás, exhausto por la tarea.

—Apuntaré treinta y cinco millones, cuatrocientos veinte mil, cien, porque me gustaría probar algunos.

Tomás asintió y le dio los piñones más brillantes para obtener a cambio el primer sello. A continuación, la puerta se abrió y siguió avanzando entre los muros de piedra. Su andar era algo más lento, pero a veces daba pequeñas carreras para adelantar camino. Después de un tiempo se topó con otra puerta, esta era de color verde y llamó. Le abrió una mujer trajeada con un sello entintado en la mano.

—Hola señor, veo que lleva piñones. Entiendo que los recolectó usted mismo. Necesito que escriba aquí cómo fue el proceso, pero debe darle un toque poético, con rima asonante.

Tomás asintió resignado y cogió el papel que le tendía. Buscó un lugar para realizar la tarea y al mirar alrededor vio a una mujer que escribía sin parar en una hoja como la suya. Junto a ella, había una montaña de bolas de papel desechadas.

—¿De qué va su poema?  —preguntó Tomás.

—Es una oda a la fabricación de la lana natural. Pero no lo consigo, no lo consigo —decía tachando con furia lo escrito— No encuentro palabras que rimen con ángel.

Tomás se sentó a un lado y comenzó a componer su poema. Le llevó varios intentos pero, al cabo de un tiempo, lo recitó frente a la mujer de la puerta verde que se limitó a asentir y a pedirle algunos piñones bien lustrosos, para después sellar.

Siguió andando, ya más despacio. Le dolían los pies de caminar sobre la piedra húmeda y fría. En aquel laberinto nunca daba el sol. A veces se cruzaba con hombres y mujeres que vagaban como él. Al principio los saludaba y les preguntaba cuánto tiempo llevaban en su andadura, pero después de muchas respuestas desalentadoras prefirió limitar el saludo a un leve gesto de la cabeza. No quería dejarse llevar por el pesimismo.  

Al poco se enfrentó a una serie de puertas casi consecutivas: la azul, la roja y la amarilla. Para conseguir esos sellos Tomás tuvo que demostrar aptitudes que, a su parecer, poco tenían que ver con su maestría como repostero de pasteles de piñones. Cantó una canción en mi menor, resolvió cinco acertijos numéricos y saltó con los pies juntos hasta que logró alcanzar un metro de longitud. En la puerta del salto Tomás vio cómo un joven de piernas muy cortas desistía de cruzar el laberinto. Al comunicarlo, una especie de grúa lo sacó enganchándolo por los brazos. «Adiós a mi sueño de crear bufandas, volveré a la fábrica de sombreros» decía el paticorto mientras se elevaba por encima de los muros. Aquella imagen le produjo tristeza y desasosiego ¿y si terminaba como el chico de las bufandas?, entonces miró su cada vez más mermado saco de piñones y sacó fuerzas para continuar.

Después de mucho más tiempo, tanto que no sabría contar, atisbó al fondo de un largo corredor una puerta de piedra sobre la que se leía «Sello final». Tomás corrió por el pasillo, casi sin fuerzas. Tenía los zapatos desgastados y el saco de piñones apenas pesaba medio kilo. Llamó y un joven trajeado abrió la puerta.

—Tengo todos los sellos —dijo Tomás mostrándole cada uno de los papeles que había conseguido.

El hombre le dirigió una mirada incrédula. Cogió los papeles y comenzó a revisar uno tras otro.

—Veo todos los sellos, señor, pero mientras estaba en el laberinto hemos cambiado el modelo. A usted le han puesto los circulares y ahora deben de ser cuadrados.

Tomás lo miró con desesperación.

—¡Pero si son los mismos! ¡Los he conseguido con mucho esfuerzo! ¡Y ni siquiera comprendo aún las pruebas que tuve que pasar!

El hombre se encogió de hombros. Estampó un sello cuadrado en el que se leía «Denegado» y le tendió los papeles.

—Lo siento, vuelva a empezar.

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