La fiesta

—Ojalá se atragante con la aceituna del Martini —pensó Candela mirando con una sonrisa falsa al jefe de su novio, que contaba chistes casposos en la fiesta de la empresa.

No soportaba estar allí, nunca le había gustado acompañar a Sergio a esos eventos pero en aquella ocasión se le estaba haciendo más duro que nunca. Quizás porque la pelea con Sergio por no ir había sido más bronca de lo habitual, como cada discusión desde hacía varios meses. Quizás porque cada vez le costaba más aguantar las miradas condescendientes de las maravillosas compañeras de trabajo de su pareja cuando le preguntaban por cómo le iban las cosas. Quizás porque nunca la hicieron sentirse segura entre esa gente que se había criado de forma bastante diferente a la suya.

—Hola Candela, ¡cuánto tiempo! —dijo Isabella al acercarse al grupo que reía los chistes del jefe. Después le dio dos besos al aire, como los daban las pijas. Candela se esforzó por sonreír pero después de unos segundos decidió que no tenía ganas de ser falsa, así que se limitó a ser educada.

—¿Qué tal en el trabajo? ¿Sigues siendo camarera? —preguntó pronunciando la última palabra como si ser camarera fuera la peor desgracia que podría ocurrirle a alguien.

—Sí, ahí sigo —se limitó a contestar.

—Quizás deberías de aspirar a algo más, ¿no crees? Vamos, lo digo por ti, por sentirte más realizada e independiente. Vamos, aunque con lo que gana Sergio podrías dejar de trabajar ¿no? Que yo muy a favor de las mujeres que no trabajan ¿eh? Aunque yo no sería nada sin venir cada día a la agencia, pero bueno, cada una…

Candela se disculpó diciendo que tenía que ir al baño urgentemente y dejó a la compañera de Sergio con la palabra en la boca. No la soportaba. Lo había intentado una y otra vez pero siempre terminaba haciéndola sentir inferior y, por supuesto, nada merecedora de alguien como Sergio.  Se alejó del grupo en dirección a los baños que estaban fuera del salón del hotel en el que se celebraba la fiesta anual, pero antes de llegar notó que alguien la agarraban con fuerza del brazo. Se volvió sobresaltada y se topó con Sergio que la miraba furibundo.

—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Cómo has podido ser tan maleducada? —le decía bajito, hablando con los dientes apretados.

—He dicho que me iba al baño —respondió Candela irguiéndose frente a su novio.

—Deja de ponerme en ridículo, Isabella solo quiere ser simpática contigo.

—Déjame en paz, Sergio, si tanto te avergüenzas de mí no deberías haber insistido en que viniese.

—La verdad es que cada vez estoy más arrepentido, pero es que está mal visto venir solo si tienes pareja.

Candela se soltó de su agarre y entró al baño. Miró en las cabinas que no hubiera nadie y, frente al espejo, no pudo contener las lágrimas. Veía su reflejo a la Candela de siempre, con algunos años más, pero la misma chica de la que Sergio se enamoró. Entonces los dos trabajaban de lo que podían, ninguno de los dos había crecido en hogares adinerados pero Sergio encontró trabajo en aquella agencia de publicidad y fue subiendo posiciones en poco tiempo hasta convertirse en uno de los gestores de las cuentas importantes. Candela, sin embargo, no había encontrado aún ningún trabajo como diseñadora y se había conformado con seguir trabajando en lo que saliera.

Dos golpes en la puerta la hicieron enjuagarse la cara con premura. La puerta se abrió un poco y se asomó un chico con gesto serio. A Candela le sonaba de algo pero no se paró a pensarlo mucho.

—Perdona ¿estás bien? Sin querer he visto lo que ha pasado.

Por un momento Candela quiso decirle que se metiera en sus asuntos pero entonces recordó de qué lo conocía.

—¿Eres Mateo?

El chico asintió y entró en el baño, cerrando tras él.

—No sabía si te acordarías de mí. Hace mucho tiempo que trabajamos junto en el catering ese en el que nos obligaban a llevar uniformes antiguos.

Candela sonrió por el recuerdo y buscó el paquete de tabaco en el pequeño bolso de mano.

—¿Puedes salir a fumar? —preguntó a Mateo. Él miró el reloj y asintió. Después la guio hasta la azotea del hotel que, en invierno, estaba cerrada al público. Se sentaron en las hamacas cubiertas con lonas y, fumando un cigarro, se pusieron al día de sus respectivas vidas.

Después de un largo rato de conversación Mateo la miró serio y le dijo:

—Yo jamás me avergonzaría de estar con alguien como tú.

Sus palabras resonaron en el pecho de Candela que volvió a notar cómo las lágrimas se le agolpaban. Intentó con todas sus fuerzas contenerlas pero más de una se escapó. Mateo buscó un pañuelo de papel en su delantal y le secó las lágrimas, quedándose a muy pocos centímetros de su cara.

—Perdona, te he hecho llorar otra vez —se disculpó sin dejar de sostenerla la cara entre las manos.

Entonces Candela se vio a través de los ojos de Mateo, seguramente estaría con los ojos y la nariz rojas de aguantar el llanto, el maquillaje deshecho y el pelo despeinado y, a pesar de eso, Mateo la miraba con veneración. Borró la distancia que los separabas y besó a Mateo, primero fue un beso suave, como si pidiera permiso para continuar. Pero al segundo Mateo le devolvió un beso lleno de pasión y deseo.

Estuvieron mucho rato perdidos en aquella azotea, entre besos y caricias bajo la ropa, como si fueran dos adolescentes. Candela no se sentía así de deseada y poderosa desde hacía mucho tiempo. Mateo la tocaba como si fuera el mayor de los tesoros. Cuando el teléfono de él los obligó a parar, ambos estaban con la respiración agitada. Sin necesidad de decir nada sabían que aquello había significado algo para los dos y que no querían dejarlo allí. Él se despidió dejando su número grabado en la memoria del teléfono. Candela aguardó unos segundos para reponerse antes de volver al salón. No tenía ningún mensaje ni llamada de Sergio. No la había extrañado. Cuando iba a entrar de nuevo vio al fondo de la sala a su novio e Isabella hablando a solas. No iba a disculpar su comportamiento inventando una historia sobre Sergio y ella pero esas miradas hablaban de deseo.

Volvió sobre sus pasos y se fue en taxi hasta el apartamento que compartía con su novio. Recogió algunas de sus cosas y llamó a su mejor amiga para quedarse unos días con ella. Después escribió una nota para Sergio que dejó sobre la mesa del comedor:

«Te he sido infiel y me he dado cuenta de que ya es hora de que me sea fiel a mí misma.»

Add Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *