La vieja Mansión Eddleton se erguía imponente sobre la suave loma del condado, su silueta se recortaba sobre los colores ocres con los que el cielo se teñía al atardecer, haciendo que la madera ennegrecida por el tiempo aún se viera más oscura. El otoño impregnaba el aire del aroma a tierra húmeda y hojas secas y el viento parecía murmurar entre las ramas de los olmos que rodeaban la casa.
Hacía unos días que un abogado me había informado de la muerte de tía Helena y, como último familiar con vida, me había entregado sus últimas voluntades. Aquella mujer a la que nunca conocí había escrito una carta en la que narraba la historia de nuestros antepasados, antiguos terratenientes, cultivadores de tabaco en la vieja Luisiana. La misiva terminaba diciendo «Ve a la mansión y acaba con ella». Me parecieron los desvaríos de un vieja que se negaba a aceptar la decadencia de una familia y un tiempo que ya no existían. Sin embargo, aquella carta me había llegado en un momento en el que necesitaba salir de mi entorno para replantear el rumbo de mi vida, así que aquella invitación desde el más allá me sirvió como excusa para hacer una pequeña maleta y viajar hasta aquel lugar cerca del Misisipi. Vería la vieja mansión y pensaría qué hacer con aquel legado inservible.
Al cruzar el umbral, me invadió una sensación opresiva. En el vestíbulo, bajo una lámpara de cristal cubierta de telarañas, hallé los retratos de mis antepasados, miradas severas que contaban historias de recolección, esclavos y guerra. En aquella estancia el abogado de la tía Helena me entregó las llaves y se despidió con prisas, como si alguien lo estuviera empujando a través de la entrada y el porche de madera.
Subí las escaleras escuchando el crujido de cada escalón y me asomé desde la baranda para ver el enorme salón en el que décadas atrás se habrían dado cenas y bailes. Busqué la habitación de la tía Helena, era la única que aún estaba bien amueblada. Tenía dos camas, una antigua con postes de madera, sin dosel y la otra, más sencilla y actual, era la que había usado su cuidadora. No podía entender cómo había pasado aquí hasta su último día, anclada a una casa que rezumaba desolación. Sobre la mesa de noche que había entre las camas encontré un cuaderno; al abrirlo respiré el aroma inconfundible del papel viejo. Era el diario de tía Helena.
Como no tenía ninguna intención de recorrer la casa a esas horas, me limité a ponerme algo cómodo de mi escaso equipaje, le mandé un mensaje a mi mejor amiga explicándole dónde estaba y me senté en la cama que había ocupado la enfermera a leer el diario. Las palabras estaban escritas con una caligrafía nerviosa, y las fechas me indicaban que comenzó a escribirlo en los últimos meses de vida. Desde la primera línea sentí que me adentraba en el descenso a la locura. Helena hablaba de ruidos en la noche, de presencias extrañas, de sueños recurrentes en los que figuras sin rostro la observaban desde el pie de la cama, susurrando su nombre, llamándola desde la oscuridad.
Entre las frases inconexas y las escenas propias de las pesadillas de una moribunda Helena repetía una y otra vez una frase: «Hay algo en esta casa que no debería estar aquí, y sin embargo aquí está desde hace generaciones».
Las horas de coche, la aventura en la que me había embarcado huyendo de mis múltiples fracasos y la lectura de aquellas memorias sinsentido me llevaron a una noche de llena de extraños sueños en los que veía la mansión en su época de esplendor y rostros de mujeres que nunca conocí, algunas eran jóvenes, otras mayores que me pedían que me marchara de aquel lugar. Un sonido me sacó de la pesadilla.
Un leve crujido, como el de unos pasos sobre la madera. Me levanté de la cama y me asomé al pasillo. Aguardé unos segundos y escuché los pasos en el piso de abajo. Eran ligeros, quizás un perro abandonado habitaba ahora la mansión. Volví a la habitación para coger el teléfono, pero antes de salir a buscar al intruso tuve el impulso de llevarme un pesado candelabro, por si aquellos pasos fuesen de alguien con malas intenciones. Bajé haciendo el menor ruido posible y seguí el sonido de hasta la cocina y desde allí hasta lo que parecía una despensa llena de muebles tapados con sábanas raídas. ¿Y si alguien vivía oculto en la mansión ahora que Helena había muerto? Respiré hondo y, usando la linterna del móvil, busqué entre los viejos enseres alguna señal de vida. No encontré nada. Pensé que el ruido podía venir de una asquerosa y enorme rata que paseaba por la mansión a sus anchas.
Antes de salir una puerta llamó mi atención, era pequeña, de madera carcomida pero estaba cerrada con un candado limpio, brillante, claramente nuevo. ¿Qué guardaría la vieja Helena allí? Sin pararme a pensar, lo golpeé con el candado hasta que cedió. Era un cuarto diminuto, en el que apenas cabía una persona y en el que solo había una caja de madera, dispuesta en el centro, como si fuera un ataúd dentro de un panteón. A pesar del miedo que sentía, algo me invitaba a abrir aquella caja cubierta de polvo. Al acercarme, sentí un estremecimiento, como si una energía fría y antigua me recorriera cada hueso y me obligara a levantar la tapa. Como si no controlara mis actos, abrí la caja y descubrí una muñeca en su interior. Tenía la cara de porcelana y llevaba un vestido de la época victoriana. Cuando mis ojos enfocaron los suyos, algo se coló en mi mente, como un recuerdo que no había vivido, como un sueño ajeno. Como si alguien proyectara una película muda en mi cabeza.
Vi a una niña solitaria y melancólica, abrazando aquella muñeca en el jardín de la mansión, susurrando palabras al viento. La niña reía, pero detrás de sus risas había un abismo de tristeza. La visión cambió, mostrándome a la niña muerta, abrazada a la muñeca. Después se sucedieron las imágenes de otras niñas e incluso mujeres, todas tristes, con la mirada perdida, como alejadas de la realidad y todas sosteniendo a la misma muñeca. Todas con el mismo final. Entonces recordé las palabras del diario: «Hay algo en esta casa que no debería estar aquí» y las de su carta: «Ve a la mansión y acaba con ella» No se refería a la casa. Una voz aniñada resonó en el vacío de la habitación. «¿Eres tú mi nueva amiga? También me desharé de ti». El pánico trepó por mi garganta. Miré con horror la muñeca y la tiré contra la pared del fondo de la habitación. Salí de allí y corrí por la mansión que empezaba a cubrirse con una niebla densa. Solo cogí mi bolso y conduje lo más rápido posible, sin mirar atrás. Pero la imagen de aquella muñeca y su voz me perseguirían para siempre. Aún hoy, en mi nueva vida, en una nueva ciudad, algunas noches siento una presencia que me invita a volver a la casa Eddleton porque la historia de la mansión no ha terminado, porque soy la última superviviente. Porque hay sombras que nunca se disipan y fuerzas imposibles de controlar.


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