En el taller de escritura tuvimos que hacer un relato con el veneno como tema o elemento central. Yo hice un relato «interactivo». Solo os puedo decir que antes justo de leer repartí unos dulces llamados Besos de Almendras (de confitería Ortiz) que están deliciosos (no me llevo nada por la publi 😉 ) y hasta aquí puedo decir… Espero que os guste mi relato.
Me gusta pensar que toda receta tiene un compás propio, un ritmo único que no solo consiste en los ingredientes que la componen, sino en la cadencia con que se van añadiendo, las proporciones y el tiempo. Es como hacer música. Y, aunque está mal que yo lo diga, soy la Mozart de la elaboración de pócimas.
Me aficioné de pequeña; en casa de mi abuela, con la que me crie, siempre había muchos frascos con hierbas y aceites. Ella era curandera y me enseñó a mezclar los frutos de la naturaleza desde que tuve uso de razón; del mismo modo que a mis amigas les enseñaban a coser o a dibujar, yo disfrutaba distinguiendo olores, colores y texturas entre las plantas del bosque, las setas o las cortezas de los árboles. A medida que fui creciendo, aprendí también para qué servía cada uno de los ingredientes de los que estaba llena la alacena del sótano y qué podía pasar si mezclaba unos con otros. A lo largo de la historia lo han llamado brujería, pero para mí siempre fue la sabiduría ancestral de mi familia.
El día que mi abuela murió me legó su casa y aquel sótano que contenía decenas de pócimas para otros tantos problemas: desde la migraña hasta el mal de amores, mi abuela había ido tratando las necesidades de la gente del pueblo toda su vida. Sin embargo, nadie acudió a su sepelio. Ninguno de los que venían rogando una solución a sus vidas se acercó a despedir su alma. Porque las visitas a nuestra casa siempre se hacían a escondidas, con la precaución de no ser vistos por ningún otro vecino o bajo la excusa de realizar un trabajo en la casa de las brujas. El día que dimos sepultura a su cuerpo, quizás por el dolor de la pérdida o por la oscura soledad que me invadió, juré que nunca más ayudaría a ninguno de aquellos ingratos.
Decidí continuar con el negocio familiar, pero de manera diferente. Ahora solo atiendo a aquellos que de verdad necesitan el más absoluto secretismo por mi parte. Nunca pregunto el motivo de su pedido, ni los nombres reales, ni veo las caras de mis clientes. Todo se hace con envíos discretos o mensajeros anónimos. Obviamente, sé a la perfección qué ocasionará la pócima que preparo, pero no me interesa saber quién es el destinatario ni por qué o quiénes lo han condenado. Me da igual si es culpable o no. Yo solo preparo mis recetas y cobro por ellas.
La elaboración me hace inmensamente feliz. Me relaja perderme entre los frascos en los que guardo lo recolectado y escoger los ingredientes con tranquilidad, poniendo más aquí, menos allá… como el músico que prepara la partitura y afina el instrumento, controlando los efectos, el tiempo y la vida.
Ayer fue una tarde maravillosa. Pasé horas en el sótano preparando algo muy especial. Llevo algunos años intentando sintetizar una esencia y al fin logré crear el aceite puro de esta planta, con todas sus propiedades concentradas en unas gotas. Así que, para probarla, cogí el caldero de cobre de mi abuela y en él mezclé leche y azúcar a fuego lento hasta que espesó lo suficiente como para temblar. Después fui agregando poco a poco varias yemas de huevo, removiendo sin parar con una cuchara de madera. Cuando la mezcla empezó a separarse del fondo del caldero, agregué las almendras molidas. Cuando la masa tuvo la consistencia adecuada para darle forma de pequeñas esferas, le añadí el ingrediente principal: unas gotas de mi esencia de Nerium oleander, aunque vosotros la conoceréis por su nombre común: la adelfa.
Mi abuela adoraba esas plantas. Decía que era maravilloso que algo tan común, tan al alcance de cualquiera, fuese tan peligroso. Y aunque muchos saben que puede provocar náuseas, mareos o incluso arritmias, pocos conocen su letalidad. Ahora he conseguido un aceite de adelfa tan puro, que solo unas gotas bastan para matar a una decena de personas.
El resultado de la tarde de ayer es un dulce precioso, como salido de un cuento infantil: besos de almendra. Son pequeños, blancos, suaves, un bocado delicado. Hoy se los he ofrecido, envueltos en vistosos colores, a un grupo de escritores que creen saber algo sobre venenos, pero ninguno de ellos sabe nada en realidad. Sí, queridos escritores de los miércoles, al entrar los visteis, sonreísteis, algunos no os pudisteis resistir a probarlos para endulzar el café. Quizás alguno hayáis comido más de uno. Ahora estaréis pensando si vuestro dulce estaba impregnado o no con mi aceite especial. Paciencia. Si sentís un cosquilleo en la lengua, esperad. Algunas flores tardan en brotar. Yo, por mi parte, me sentaré a disfrutar de la tarde, esperando que mi poción haga su efecto, viendo en vuestras miradas el temor que se siente cuando se toma conciencia de que lo cotidiano puede ser mortal.


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