En Villacastaña del Llano, un pueblo tan pequeño que el maestro y el alcalde eran la misma persona, el Mundial del 82 llegó como un rumor. No porque no interesara el fútbol, sino porque nadie tenía televisor. El fútbol se veía en la peña pero el aparato en blanco y negro había decidido romperse antes del evento. El único que tenía un televisor en casa era Don Gregorio, el boticario viudo que trataba a su gato como si fuera un ministro.
Don Gregorio tenía un televisor philips de 21 pulgadas, que no dejaba tocar ni a su sombra. Lo tenía colocado como en un altar, entre una foto de su difunta esposa y un busto de San Cosme, patrón de los farmacéuticos. Desde que se compró el televisor nadie había pisado su casa. No pensaba convertirse en el casino del pueblo.
A pocos días de que comenzara el mundial, Naranjito copaba las portadas de los periódicos y Manolo, presidente de la peña “Balón y Botijo”, avisaba a los parroquianos en la tasca de Tomás:
—¡Esto es historia, señores! ¡Historia! Y nos la vamos a perder. Maldita la hora en que se estropeó la tele de la peña ¡5000 pesetas cuesta arreglarla! Y el Gregorio se niega, no hay manera de dejarnos ver los partidos en su casa.
—¿Y si entramos a la fuerza? —sugirió Paco, que confundía el fútbol con la Revolución Francesa.
—Es mejor usar la cabeza, Paco, como los italianos cuando se tiran en el área.
El primer intento fue diplomático. Se acercaron a la casa de Don Gregorio con una tortilla y un calendario de la selección. Él los miró desde una rendija y gruñó:
—Ni en la guerra abrí la puerta. ¡Marchaos, comunistas del balón!
El segundo intento fue más creativo.
—Vamos, Don Gregorio, cuando quiera está usted invitado a unos chatitos de vino en la Tasca del Tomás. Los paga el taller de Paco —decía este cual locutor de radio anunciando puros o coñac.
—Ni Dios entra en mi casa —sentenció Gregorio.
Como tercera opción, recurrieron a lo sagrado. El Padre Alfredo, se presentó en sotana, acompañado de Manolo y Paco.
—Hijo, he venido a bendecir el aparato.
—Sólo si bendices también al gato —contestó el boticario a sabiendas de que el cura era poco dado a las corrientes aperturistas que asomaban en algunas parroquias desde que la democracia dejó de ser una palabra blasfema.
Manolo y Paco miraron con ojos rogatorios al cura, enseñándole el calendario del mundial. Quedaban diez minutos para el partido inaugural de la selección: España y Honduras se verían las caras en Mestalla. El padre Alfredo, que era un forofo del fútbol y presumía de que, de no haber sido por la llamada del altísimo hubiera sido el mejor central de España, se colocó bien el alzacuellos y asintió resignado.
Don Gregorio alzo al felino hasta las narices del cura y este posó sus manos sobre la cabeza del animal que se revolvía bufando ante la primera visita que vivía en años.
—Ponga la tele que voy a bendecirla —dijo el cura entrando en la sala seguido del resto de visitantes. Entre rezos y señales de la cruz, el árbitro pitó el inicio del encuentro.
—Ese López Ufarte es un figura —dijo Manolo sentándose en uno de los sillones.
—Pues que Dios lo bendiga también —dijo el cura sentándose junto al dueño de la peña.
Paco sacó de una bolsa de tela varios botellines y los repartió a los presentes. Cuando le tendió a Gregorio una de las cervezas, este resopló y la cogió resignado. «Este partido y se acabó» pensó mientras se sentaba en el sofá oyendo bufar al gato desde el rincón.
A los ocho minutos de juego los ánimos decayeron por el gol de Honduras. Los visitantes siguieron viendo el partido sin decir palabra, ante el temor de que el resultado adverso incitara a Gregorio a echarlos de la casa. En el descanso, Paco quiso templar los ánimos y sacó de la bolsa unas almendras fritas que había comprado en la Tasca de Tomás. Antes de que comenzara el segundo tiempo, el cura les pidió que rezaran con él a San Judas, patrón de los imposibles, y los tres obedecieron sin rechistar. Manolo, republicano, rojo y ateo reconocido, agachó la cabeza y se persignó con respeto. Paco rezó alzando la voz como si tuviera que llegar al cielo y Gregorio, que para ese entonces había olvidado que tres mindundis habían profanado su hogar, miraba al busto de San Cosme buscando su intercesión. Cuando el árbitro pitó el inicio de la segunda mitad, los cuatro comentaban los cambios del seleccionador. Entonces la imagen y el sonido se fueron. La pantalla devolvía un color tan negro como el fondo de un abismo.
—¡Se ha ido la señal! —gritó Manolo, derramando parte de la cerveza.
—¡Es la antena o el manguito! —dijo Paco dejándose llevar por los gajes de mecánico.
—¡Rece Padre, rece a todos los santos del cielo! Vaya porquería de bendición que le ha echado al aparato —gritaba Gregorio mirando al cura.
Don Alfredo, ofendido por la duda de su mano bendecidora, se quitó el alzacuellos y gritó:
—¡Silencio! ¡Esto se arregla a la antigua!
Se acercó al televisor, levantó la mano y golpeó con saña el lateral del aparato ante la cara de estupefacción del resto. Después de unos segundos, volvió a golpear el cacharro pero en la parte superior. Gregorio salió entonces del estado de trance en el que se había sumido y, sin pararse a pensar en las consecuencias de pegar a un cura se abalanzó hacia él, pero antes de alcanzarlo la imagen volvió. Borrosa, pero viva. Justo a tiempo para ver el empate de España.
—¡Goooooool! —gritaron los cuatro abrazándose en medio del salón.
El encuentro acabó en empate. Cuatro días después España se las vería con Yugoslavia, anunciaba el locutor mientras los jugadores abandonaban el campo. Los visitantes miraron al boticario esperando la invitación para el próximo encuentro, pero el anfitrión ya los acompañaba a la puerta, anudándose la bata y diciendo «ale, ale, que tengo que acostar al gato».
—Don Gregorio —dijo el cura antes de que cerrara la puerta— hemos echado buena tarde. Podíamos repetir en el próximo de la selección.
El boticario miró a sus vecinos y resopló dos veces. Luego entró en la casa y miró la sala, había almendras y cerveza en el tapete del sofá. La mirada de su mujer le reñía desde el cuadro y el gato le bufaba sentado sobre el televisor. Cogió algo del cajón del mueble bar y salió de nuevo a la puerta donde los tres lo esperaban:
—Toma— dijo tendiendo algo a Manolo y cerrando la puerta. Manolo abrió la mano y se encontró con la cara del Rey Juan Carlos. Miró a sus acompañantes y les dijo sonriendo: ea, ya podemos arreglar el tele de la peña.


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